Padre Nuestro “Gran Poder”…

Padre Nuestro “Gran Poder”…

Es un día cualquiera del año, no son ni las ocho de la mañana, el sol tímidamente va haciendo acto de presencia iluminando la cruz que remata la fachada de la Basílica del Gran Poder. La gente se agolpa en las puertas, esperando que se abran y con ellas amanezca para ellos el sol que tanto necesitan, el sol que les da la vida.

Las colas de personas van inundando el interior de la basílica y como un cortejo de nazarenos van avanzando hasta llegar al más sagrado de los espacios: el camarín del Gran Poder.

Entre las filas de devotos se encuentran personas de todas las edades, de distintas procedencias y con diferentes problemas, cada uno de ellos es un mundo pero todos tienen una cosa en común; su amor por el Gran Poder, Él es el único camino para su salvación.

El camarín adquiere una sacra solemnidad comparable a la del “Sancta Sanctorum“ del Templo de Salomón, y en su interior el Señor de Sevilla recibe en forma de beso en su pie cada una de las peticiones, ruegos y suplicas de sus devotos.

Por sus omnipotentes pies se pasan estampas, fotos, medallas, pañuelos, rosarios etc.… Con el simple roce de la imagen les basta para llevarse consigo una parte de Él una parte de su Gran Poder que les acompañara y protegerá con su sombra hasta el fin de sus días.

Los fieles sienten la presencia de Cristo vivo y por un momento las palabras de los evangelistas y los profetas cobran vida y resuenan entre las paredes del camarín porque: “Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. (Lc 1, 51-54)

Con devoción, una mujer octogenaria que sostiene en sus manos una foto con el rostro del Santísimo Cristo, la pone en sus pies y cerrando los ojos empañados en lagrimas, susurra de sus labios la oración que lo explica todo:

“Padre nuestro Gran Poder que estás conmigo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, danos hoy el pan nuestro de cada día y que cada día te pedimos. Y perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, aunque a veces nos cueste tanto reconocer nuestros errores y por favor; Padre nuestro del Gran Poder no nos dejes caer en la tentación y líbranos de todo mal. Amén.”

Y es que el Cristo del Gran Poder no es solo el Señor de Sevilla, es el Señor de todos, un sol que durante generaciones ha brillado en la oscuridad de los corazones de todos los que se han postrado a sus pies. A los pies del Padre Nuestro Gran Poder.

Ignacio Rangel Arias

Deja tu comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *